Revista Granito de Arena

La calculadora mecánica: una parte de nuestra historia

calculadora mecánica

Desde hace varios siglos, el ser humano ha buscado automatizar diferentes procesos matemáticos. A lo largo de la historia fueron surgiendo objetos como las máquinas de calcular, que favorecieron la eficiencia al permitir realizar procesos complejos de forma cada vez más rápida. 

Grandes figuras de la ciencia se interesaron por los mecanismos y sus relaciones matemáticas. Sin embargo, fue hasta los años 1600 cuando se fabricó uno de los principales antecesores de las calculadoras mecánicas: la pascalina. El matemático Blaise Pascal diseñó en 1642 esta máquina con el fin de aliviar la carga laboral de su padre, quien trabajaba en contabilidad. 

El mecanismo de la pascalina estaba compuesto por ruedas coordinadas en pares, cada una con las cifras del 0 al 9 en orden inverso, de manera que la suma de las cifras en contacto siempre diera 9. Gracias a esto, la máquina podía realizar no solo sumas, sino también restas. Mediante punzones, el operador giraba engranajes marcados con los dígitos (muy similar al proceso de marcar en un teléfono antiguo). Al girar las ruedas, estas alcanzaban el 9 o el 0 y activaban un mecanismo que conectaba con la rueda siguiente, provocando su movimiento. Aunque la máquina de Pascal fue revolucionaria y base de futuras invenciones, no tuvo éxito comercial. 

Años después, el alemán Gottfried Wilhelm Leibniz emprendió un largo proceso que culminó en 1694 con la fabricación del primer modelo de su calculadora mecánica. Este prototipo es reconocido como la primera calculadora capaz de realizar las cuatro operaciones básicas: suma, resta, multiplicación y división. 

 

La máquina de Leibniz funcionaba con ruedas independientes de diez dientes, cada uno con tamaño distinto, lo que la diferenciaba del sistema de pares de ruedas basado en 9 utilizado por Pascal. La pieza principal era un cilindro escalonado operado mediante una manivela; sobre este se desplazaban los dígitos de cada posición. Según el desplazamiento, los dientes del tambor interactuaban en cantidades distintas con los dientes de las ruedas, generando el giro correspondiente. 

Para realizar multiplicaciones y divisiones, la máquina ejecutaba sumas o restas repetidas. Al activar una de estas opciones, el mecanismo repetía la operación hasta alcanzar la cantidad indicada mediante una aguja introducida en una ranura. 

La calculadora de Leibniz serviría posteriormente como base para nuevas tecnologías de cálculo mecánico que se utilizaron hasta finales del siglo XX, cuando fueron reemplazadas por las tecnologías digitales. 

En el Museo Carlos F. Novella se conservan calculadoras mecánicas utilizadas en Progreso, piezas que cuentan una historia de innovación, eficiencia y calidad que continúa hasta nuestros días. 

 

Los cálculos matemáticos, desde hace milenios, han sido fundamentales para el ser humano en la búsqueda de eficiencia e innovación, dando origen a maravillosas máquinas diseñadas para facilitar estas tareas, como la calculadora mecánica. 

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